Esta orden atribuye su origen al profeta Elias y su comunidad de religiosos en el Monte Carmelo en Palestina.
Ha sido especialmente favorecida por la Madre de Dios con su escapulario del Carmen, dado en 1251 a San Simon
Stock, y su promesa de que esta orden perdurará hasta el fin del tiempo. La orden del Carmelo fue reformado en
el siglo XVI por los santos místicos españoles, Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz. Ellos restauraron
la comunidad a su estado primitivo como Nuestro Señor les había instruido. Las Carmelitas reformadas también se
conocen como Carmelitas Descalzas y han producido muchos santos canonizados, entre quienes se encuentra la grande
monja moderna, Santa Teresita del Niño Jesús, también conocida como la Pequeña Flor.
La Regla primitiva, que Santa Teresa y San Juan reintroducieron por su reforma divinamente
inspirada, proporciona el medio a través del cual las almas escogidas pueden cumplir el mandato de amar a Dios
y al prójimo. Cada religiosa deja familia, amigos y bienes para ganar a Jesús por los votos de pobreza, castidad
y obediencia. Como amada de Nuestro Señor, ella llega a ser un jardín cercado en el que ella y Dios pueden comulgar
y en el que Él puede morar y encontrar comodidad y consuelo. Este abandono y dedicación total de sí misma confiere
eficacia a sus oraciones en tanto que intercede y obtiene ayuda sobrenatural para la Iglesia, para almas y sobre
todo para los sacerdotes. Con la Pequeña Flor, Patrona de las misiones, como su modelo, cada corazón Carmelita
quema con caridad apostólica por sus prójimos.
Las Carmelitas se esforzaran a conseguir estas objetivos excelsos dejando el mundo y entrando dentro de las paredes
protectoras del monasterio. El claustro disminuye las distracciones y proporciona el silencio necesario para
la grande obra de oración y contemplación. Cada día, muchas horas se pasan en la Santa Misa, el canto entero del
Oficio Divino, la oración mental, el rosario, la lectura espiritual y otros ejercicios religiosos. Dentro de estas
paredes de santidad, las monjas también ejecutan muchas obras de amor para el cuidado y belleza del altar, así
como para el beneficio de los fieles a través de la confección de escapularios y otros sacramentales.
Las paredes del monasterio no solamente resguardan la comunidad del mundo de modo que la paz, la oración y la
santidad puedan florecer, si no también están colocados como torres de una fortaleza donde una guerra espiritual
se hace contra el pecado y el mal. Las Carmelitas pasan tanto lucha como la dulzura de la contemplación y el
regocijo espiritual. Viven una vida austera de penitencia y renuncia para hacer reparación de todos los pecados
de nosotros y para implorar el perdón de Dios. Ellas invocan las bendiciones del cielo sobre nuestras vidas y
imploran sin parar por la salvación de nuestras almas. Entonces, es evidente lo enormamente necesaria que son
su vida y su sublime vocación en estos días.